Antonio León, el ensenadense que vino a Juárez a proteger la memoria de la Revolución

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Aunque nació en Ensenada, Baja California, Antonio León de la Cruz encontró en Ciudad Juárez no sólo su hogar, sino también una misión: rescatar y preservar una parte fundamental de la memoria histórica de la frontera.

Detrás de ese esfuerzo no hay casualidades. Antonio y su hermano Eduardo fueron herederos de una tradición familiar marcada por militares, historiadores e investigadores, una combinación que les inculcó disciplina, sentido del deber y respeto por la historia.

“Soy ensenadense de nacimiento, pero juarense por decisión”, afirma Antonio, quien llegó a esta frontera cuando tenía 17 años, estudió la Ingeniería en Mecatrónica en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) y actualmente trabaja como ingeniero en la maquila. Sin embargo, fuera de la industria encontró otra vocación: la conservación del patrimonio histórico.

La influencia más importante fue la de su hermano mayor, Eduardo León de la Cruz, exteniente de infantería formado en el Heroico Colegio Militar, quien falleció en 2019 tras una batalla contra el cáncer.

“Él me enseñó el respeto y el agradecimiento por la tierra donde uno vive. Siempre me decía: morro, deja algo mejor de lo que encuentras. Creo que de ahí nace todo este tema”, recuerda Antonio.

Su hermano Eduardo dejó el Ejército para establecerse en Ciudad Juárez, donde cursó estudios universitarios y dos maestrías hasta convertirse en director de BRP en México. Su legado, asegura Antonio, sigue presente en cada proyecto que emprende: “Lo que estoy haciendo honra su memoria”.

La vocación por preservar la historia también forma parte de su árbol genealógico. Entre sus familiares figuran escritores, investigadores y académicos dedicados al estudio del pasado.

“Mi tío José León Toscano es escritor; mi prima Lucila es doctora en Historia y mi primo Ricardo Soto es doctor en Sociología. Hay bastantes doctores, maestros y militares en la familia”, relata.

Esa vocación de servicio convive con una profunda sensibilidad artística. Antonio es padre de Natalia y Renata, quienes han heredado distintos talentos familiares. Natalia disfruta de la declamación y la música, mientras que Renata se inclina por la pintura. Junto a ellas está su compañera de vida, María de Jesús Espinoza Muñoz, una extraordinaria mujer que ha llevado sobre sí el trabajo más importante: cuidar de la familia.

“Soy muy aficionado a la música, me encanta tocar el saxofón. Don Beto Valtierra (leyenda de la música juarense y fundador de los Seven Teens) me heredó su saxofón”, comenta. Actualmente Antonio participa en eventos musicales y forma parte de la Orquesta de Jazz de la UACJ, una de sus grandes pasiones fuera del trabajo y de la preservación histórica.

Y fue la combinación de la disciplina militar y el amor por la investigación que terminaron conduciendo a Antonio hacia uno de los espacios históricos más olvidados de la frontera: el Ojo de Orozco.

El proyecto comenzó como una casualidad. En 2020, durante una visita a la Casa de Adobe, donde Francisco I. Madero instaló la Presidencia Provisional de México durante la Revolución, Antonio inició gestiones para colocar una gran bandera mexicana en el sitio. En el proceso conoció a militares, autoridades y especialistas que lo acercaron a otra historia.

Fue entonces cuando un historiador le habló del Ojo de Orozco, un punto de observación revolucionario ubicado junto al Río Bravo que para entonces se había convertido en un basurero clandestino.

“Nos dijeron que era un sitio de suma importancia histórica, pero que estaba completamente abandonado. Vimos que valía la pena intervenirlo”, recuerda.

Con autorización de la Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA), Antonio decidió impulsar el rescate por cuenta propia. Compró materiales, consiguió permisos, gestionó maquinaria y comenzó a buscar voluntarios.

“Me otorgaron el permiso para hacer la intervención con mi propio dinero. Fui a Samalayuca, conseguí los durmientes y empecé a tocar puertas. No pedíamos dinero; sólo necesitábamos manos para limpiar el lugar”, relata.

Aunque el proyecto nació de una iniciativa impulsada por Antonio, el rescate del Ojo de Orozco fue posible gracias a la participación de un pequeño grupo de personas comprometidas con la preservación de la memoria histórica.

Entre ellas, los integrantes del Motoclub Los Gavilleros de Ciudad Juárez MC; del empresario local Eusebio Martínez; del teniente de Infantería Rolando Tellechea Ocampo; de varios vecinos, como el señor Blancas, dueño de una ladrillera cercana, quienes se sumaron a las labores de limpieza, rehabilitación y mantenimiento del sitio.

Gracias a ese esfuerzo colectivo, un lugar que durante años permaneció abandonado y convertido en basurero clandestino volvió a ocupar el lugar que merece en la historia de la frontera. Y nunca ha sido vandalizado, celebra Antonio.

“Nos autofinanciamos, recogimos la basura, rentamos maquinaria, compramos cemento y grava para colocar los durmientes. El sitio estaba en completo abandono”, recuerda.

La recuperación permitió dignificar el peñasco desde donde, en 1911, el fotógrafo Daniel Hoffman captó imágenes de revolucionarios que vigilaban la Casa de Adobe durante la estancia de Francisco I. Madero en la región.

“Ese peñasco era el puesto de vigilancia de los revolucionarios. Ese es su verdadero valor histórico”, explica.

La inauguración del sitio rehabilitado se realizó en 2021 con la asistencia de alrededor de 150 personas. Entre los invitados estuvo el historiador y escritor Víctor Orozco, bisnieto del revolucionario Pascual Orozco, quien avaló la importancia histórica del lugar.

“Él nos dijo algo muy bonito: que la revolución es movimiento, y que esto que estamos haciendo también es movimiento; es engrandecer la ciudad y no olvidar a quienes dejaron huella”, recuerda Antonio.

Un año después, los impulsores del proyecto financiaron e instalaron una placa informativa para orientar a los visitantes y explicar el significado histórico del sitio.

Así, la historia de los hermanos León de la Cruz es la de una herencia familiar que combinó la disciplina de los cuarteles con la pasión por la investigación.

Y es además una tradición de militares, historiadores y estudiosos que encontró continuidad en Antonio y Eduardo, dos ensenadenses que hicieron de Ciudad Juárez su hogar y que hizo que el primero terminara convirtiéndose en guardián de una de las páginas más importantes de la Revolución Mexicana en la frontera.