De las 386 víctimas del crematorio Plenitud, 111 muestras de los casos más complejos fueron enviadas al Centro Nacional de Medicina Genómica, en la Ciudad de México, para apoyar su identificación; el resto quedó a cargo del laboratorio de genética forense de Servicios Periciales de la Zona Norte
A un año del hallazgo de los 386 cuerpos en el crematorio Plenitud, la historia no sólo se cuenta en expedientes judiciales o investigaciones penales. También se escribe en laboratorios, salas de necropsia y mesas de análisis donde peritos forenses enfrentan una misión compleja: devolverles un nombre a quienes durante meses permanecieron convertidos en una cifra.
Para los especialistas de Servicios Periciales y Ciencias Forenses de la Zona Norte, el caso representa uno de los mayores retos de identificación humana que se han presentado en Chihuahua, tanto por el volumen de víctimas como por las condiciones en que fueron localizados los cuerpos.
“Es un caso totalmente complejo y un reto para la ciencia genómica”, resume Héctor Jácome, director de Servicios Periciales y Ciencias Forenses de la Zona Norte.
Uno de los obstáculos más duros, dijo, ha sido que muchas familias ni siquiera estaban enteradas de la magnitud del caso o de que sus familiares podían estar dentro del universo de personas a identificar.
“Hemos encontrado un desconocimiento total de algunas familias; otros habían escuchado del caso, pero pensaban que no era tan grande o que su familiar no iba a estar dentro de este posible universo. Eso es lo más fuerte para nosotros, porque no tenemos información realmente”, señaló.
Añadió que ese desinterés o distancia frente al caso también ha pesado en el proceso de identificación. “Vemos claramente que es un pequeño sector el que presta atención a esto, porque piensan que nunca les va a alcanzar, tienen esa idea, esa creencia de que tal vez a ellos no los va a alcanzar. Desgraciadamente hemos tenido poquitos casos así, pero sí los hemos tenido”, expuso.
Jácome explicó que, además de localizar a los deudos, uno de los retrasos ha sido la falta de “información de calidad”, es decir, datos certeros que permitan cotejar prendas, señas particulares, antecedentes médicos o cualquier otro elemento útil para identificar a una persona fallecida.
“La información de calidad a veces no es la adecuada”, dijo. Como ejemplo, relató casos en los que familiares revisaron en más de una ocasión el catálogo de prendas y aun así no reconocieron correctamente la ropa de su ser querido, hasta que un tercer o cuarto familiar corrigió los datos.
“Hemos tenido casos, por ejemplo, en que la familia, después de que insistimos que sí era su familiar, buscó a otro familiar y dijo: ‘sí, la prenda no era la que te dije; las prendas son estas otras’. Aunque ya habían necesitado dos veces ver el catálogo de prendas, no las reconocían. Cuando se acercó un tercero o cuarto familiar que reconoció la pertenencia, dijo: ‘no, sí es cierto, una disculpa, las prendas que yo les compartí no eran las correctas’. Sí ha habido ese tipo de mala información que hemos recibido”, detalló.
Por ello, agregó, no es posible establecer un tiempo promedio para identificar un cuerpo, porque cada caso depende de condiciones distintas. “La identificación humana es dinámica. Involucra muchos factores, desde los medios de conservación de los cuerpos hasta que yo tenga la información para poder identificar”, sostuvo.
El problema de los cuerpos embalsamados
Una de las principales complejidades del caso Plenitud ha sido que muchos de los cuerpos ya habían sido sometidos a tratamientos químicos de conservación, lo que altera el trabajo forense posterior.
El doctor Jácome explicó que lo que comúnmente se conoce como embalsamamiento consiste en un procedimiento químico aplicado a los restos humanos para retardar su descomposición y permitir su velación, traslado e inhumación en mejores condiciones. Sin embargo, ese mismo proceso complica después la obtención de perfiles genéticos.
“Es un tratamiento químico que se le da a los restos humanos para conservarlos y poder llevar su proceso de velación en buen estado; retarda el proceso de descomposición y permite velarlos, trasladarlos e inhumarlos, que se conserven más tiempo. Es una alteración química que retarda la descomposición de los cuerpos”, explicó.
El problema, añadió, es que la exposición a esos químicos puede alterar la matriz celular donde se encuentra el ADN. “Afecta muchísimo. Podemos encontrar algunos casos donde sí hubo una alteración, dependiendo del grado de exposición que tuvieron a los químicos y al tipo de químicos, que no sabemos cuáles utilizaron. Entonces sí puede haber una alteración de la matriz celular, que es donde se encuentra el ADN; ahí es donde tenemos la complejidad para tener el perfil genético completo”, indicó.
Ocho personas en primera línea y apoyo del Centro Nacional de Medicina Genómica
En la parte genética, el trabajo se concentra en el laboratorio de genética forense de Servicios Periciales de la Zona Norte, donde en este caso participan directamente ocho personas, aunque el equipo de apoyo es mayor.
“Tenemos un laboratorio de genética forense aquí en Servicios Periciales de la Zona Norte. En este caso tenemos involucradas directamente ocho personas, pero es un equipo más grande”, dijo.
Los casos más complejos, agregó, fueron enviados a la Ciudad de México como parte de una colaboración con el Centro Nacional de Medicina Genómica.
“Los casos más complejos se enviaron a la Ciudad de México, a una colaboración con el Centro Nacional de Medicina Genómica; fueron 111 muestras”, precisó.
Huellas, tatuajes, cirugías, dientes y ADN: así se construye una identidad
Héctor Jácome explicó que la identificación de los cuerpos no descansa en una sola técnica, sino en la suma de distintas “líneas de evidencia” que se van integrando según lo que presente cada caso.
La principal ha sido la obtención de datos sobre características físicas altamente individualizantes. “La principal ha sido la obtención de datos de características físicas para poderlos identificar; características altamente individualizantes, como un tatuaje, una cirugía, la condición médica, características dentales, fisonomía también; en algunos casos huellas dactilares, no fueron muchos”.
Insistió en que la identificación no se resuelve por un solo hallazgo aislado. “No es que únicamente identificamos porque reconocimos prendas o únicamente porque tenía tal condición o tal tratamiento dental; es la suma de un poquito de todo. Nosotros la llamamos líneas de evidencia para la identificación. Dentro de estas líneas jugamos con los tipos de técnica para identificar”, dijo.
Cada cuerpo, agregó, obliga a un abordaje distinto. “La disciplina varía mucho; no todos los casos los puedo abordar igual y tengo que estar viendo qué tengo en el cuerpo para poder utilizar lo que me dio la familia, y es lo que yo voy a aplicar en cada uno de los casos”, señaló.
Los casos más difíciles: cuerpos reducidos a huesos
Los cuerpos en proceso de reducción, es decir, aquellos en los que prácticamente sólo quedan restos óseos, son de los más difíciles de identificar. En esos casos, explicó el especialista, la genética y la odontología cobran un peso especial, siempre y cuando exista con qué comparar.
“La base pudiera ser genética; las características dentales también son muy importantes, porque si yo tengo con qué comparar un estudio de gabinete hecho por un profesional de la salud cuando la persona estaba viva, yo puedo cotejar esa información tomando radiografías, obteniendo la información del odontograma que llena el odontólogo y cruzo la información fidedigna”, expuso.
Si no existe esa documentación clínica o radiográfica, el trabajo se vuelve más complejo y debe apoyarse en la integración de otros elementos biológicos y antropológicos. “Si me lo platica la familia, pero no tengo con qué cotejar, entonces es lo que yo encuentre: más genética, más la edad, más la talla, más el sexo, que es el perfil biológico. Es una integración, un conjunto de características de diferentes disciplinas para que yo pueda decir que se trata de esa persona”, explicó.
Perfiles genéticos que deben intentarse hasta cinco veces
Aunque el doctor Héctor Jácome evitó ponerle un “costo” económico a cada identificación, sí admitió que el trabajo se multiplica cuando se trata de restos en condiciones complejas, porque la obtención del perfil genético puede requerir varios intentos.
“Cuando tú metes unos restos en condiciones normales a procesar para obtención del perfil genético, a lo mejor con el primer intento tengo el perfil; pero en este caso tengo que meterlo tres, cuatro veces, hasta cinco veces, hasta que yo obtenga el perfil completo”, dijo.
A veces, explicó, en una primera corrida sólo se obtiene una parte del perfil y en intentos posteriores se van recuperando otros fragmentos hasta completarlo. “A lo mejor en el primer intento me sale una parte del perfil, en la siguiente toma me sale otra parte y lo voy complementando; entonces sí, los costos se multiplican”, reconoció.
Rehidratación de huellas: 71 casos enviados al INE
Otra de las técnicas aplicadas en algunos expedientes fue la rehidratación de pulpejos dactilares, un procedimiento utilizado para intentar recuperar huellas en cuerpos donde los tejidos ya estaban deshidratados.
El director de Servicios Periciales explicó que esta técnica se empleó en casos específicos y que incluso se recurrió al apoyo del Instituto Nacional Electoral. “Se hizo en casos específicos, rehidratación de pulpejos dactilares, que son los dedos; se hizo en algunos casos muy particulares la reversión de la deshidratación de estos deditos para que pudieran trabajar los expertos”, señaló.
Precisó que en total se enviaron 71 huellas para ese procedimiento. “Mandamos al INE 71 huellas que tuvieron que ser rehidratadas”, indicó.
“Es como si nuestros peritos hubieran ido a la mejor universidad a hacer un posgrado”
Para doctor Héctor Jácome, el caso Plenitud dejará una huella profunda en la experiencia técnica de los peritos chihuahuenses, por tratarse de un expediente masivo y sin precedentes, que ha obligado a improvisar, probar, consultar y aprender sobre la marcha.
“Yo creo que lo más fuerte es lo masivo del caso, que sea algo sin precedentes en el volumen, el manejo de tantas personas fallecidas”, dijo.
Aunque Ciudad Juárez y Chihuahua han tenido históricamente una alta carga de trabajo forense por la violencia, el funcionario sostuvo que este caso representa un aprendizaje distinto, sobre todo en materia de identificación humana.
“En cuanto a los temas de identificación de personas fallecidas, es como si nuestros peritos hoy hubieran ido a la mejor universidad a tomar un posgrado en identificación de personas, porque son retos donde la literatura no te dice: ‘en este tipo de caso lo vas a hacer así’.
“Ellos prueban con una técnica, otra técnica, otra técnica; pedimos asesoría de alguien que sepa algo diferente a nosotros en otros estados, en otros países, y nos dicen: ‘yo creo que lo puedes hacer así’, y vamos implementando todo esto, cosas nuevas”, relató.
Una red nacional de apoyo forense
Explicó que Chihuahua no ha trabajado aislado, sino en coordinación con una red nacional vinculada a la Fiscalía General de la República, en la que especialistas de distintas entidades comparten experiencias y recomendaciones para el tratamiento de casos complejos.
“Todos pertenecemos a un grupo a nivel nacional para atención de datos post mortem, que corresponde al Gobierno federal, es parte de la Fiscalía General de la República. Ahí, cuando hay mesas y hay contacto, tenemos mucha comunicación con ellos y con los compañeros, y los mismos compañeros te dicen: ‘¿cómo te puedo apoyar?’”, comentó.
Añadió que esa colaboración funciona tanto en lo práctico como en lo científico y legal, pues hay pocos espacios para exponer casos de esta magnitud y recibir retroalimentación especializada. “No tienes muchos foros a donde puedes ir a exponer y comentar los casos, y la gente te retroalimenta; de eso se trata”, dijo.
El siguiente paso: publicar lo aprendido
Aunque defendió la capacidad instalada y el compromiso del equipo pericial de Chihuahua, Jácome reconoció que el sistema sigue siendo perfectible y que una de las tareas pendientes será traducir toda esta experiencia en producción científica.
“Siempre hay necesidades que cubrir. Tenemos un buen equipo de trabajo y lo importante es contar con un equipo comprometido; para mí, dentro de los principios rectores para un perito, está el compromiso y la ética, y tenemos ese equipo”, sostuvo.
A su juicio, una vez superada la fase más intensa del caso, el reto será escribir y publicar lo aprendido.
“Nos hace falta empezar a escribir, empezar a publicar científicamente. Claro que pudiéramos hacerlo, pero tenemos que terminar primero el compromiso que tenemos y después vendrá, punto a punto, la parte de retroalimentación científica, de plasmar las historias y todo lo aprendido”, señaló.





