El turismo de las historias de crímenes reales llega a un pueblo en España

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Tor, España.– Pilar Tomàs salió de su casa de piedra y se dirigió a la escena de un crimen que lleva 30 años atormentando a Tor, España, un minúsculo pueblo de 13 casas en lo alto de los Pirineos, envuelto en la niebla.

“Lo encontraron allí”, dijo, y señaló a través de la fría lluvia otra casa de piedra situada a unos metros.

El asesinato sin resolver de Josep Montané, de 70 años, conocido aquí como Sansa, fue el tercero en Tor en 15 años. El crimen, en 1995, y sus detalles —un cable eléctrico alrededor del cuello, un cuerpo descompuesto y una historia que implicaba a contrabandistas y negocios turbios con una estación de esquí cercana— atrajeron a un joven reportero de televisión, quien en 1997 emitió una investigación en una cadena de televisión catalana.

Siguió con la historia, escribió un libro en 2005, publicó un pódcast de gran éxito en 2018 y el año pasado emitió una serie documental sobre el crimen real que fue muy popular.

Toda esa atención mediática encendió la imaginación de los entusiastas de los misterios sin resolver, quienes han convertido Tor en la capital española de las historias de crímenes reales. En verano, acuden en masa al pueblo para alojarse en lo que fue la casa de Sansa y vivir la atracción turística conocida como la Tor Experience, o para acampar en cabañas desde donde realizan espeluznantes excursiones románticas. En una ocasión, algunos visitantes recrearon el asesinato y se pasearon con cables eléctricos alrededor del cuello, dicen los lugareños.

El abarrotado comedor de Casa Sisqueta, el restaurante que Pilar Tomàs tiene en su casa
Tomàs, la propietaria de Casa Sisqueta, se ha convertido en un personaje para los aficionados a las historias de crímenes reales que visitan el pueblo

Los pocos habitantes de Tor, un idílico pueblo catalán donde las vacas pardas se pasean junto a los arroyos a la sombra de las montañas, se han convertido en personajes reacios del caso, y sus casas de piedra en un macabro escenario para una historia de crímenes reales de España.

Los vecinos solían llevarse bien. En 1896, los jefes de 13 familias declararon la propiedad conjunta de la montaña de Tor, uno de los puntos más altos de la cordillera de los Pirineos y última parada estratégica en la frontera española antes de Andorra, el diminuto principado y paraíso fiscal. Estipularon que solo los residentes que vivieran allí todo el año y que mantuvieran encendidos los fogones de sus casas podrían reclamar la propiedad.

En la década de 1980, Sansa y otros descendientes que se habían quedado contrataron matones y empezaron a imponer peajes en efectivo y a veces en whisky a los contrabandistas que transportaban mercancías más baratas desde el paraíso fiscal de Andorra a través de sus carreteras de montaña. Los vagabundos, a los que los lugareños llamaban “jipis”, pronto empezaron a trabajar también con ellos, y amenazaban a los contrabandistas que no pagaban tirando piedras gigantes a la carretera.

Una vieja cabaña en un pueblo cerca de Tor
Una casa cerrada en Tor

Pero la mayor fuente de tensión en la aldea de la montaña seguía siendo la propia montaña.

Sansa imaginaba una lucrativa estación de esquí en sus laderas y había entablado conversaciones con personas de Andorra interesadas en el esquí. Su principal rival, conocido localmente como El Palanca, quería mantener la montaña como un paraíso bucólico, con vacas y caballos que pastan.

Una década de rencillas y demandas culminó en 1995 cuando un juez decidió declarar a Sansa el único propietario de la montaña. Cinco meses después, fue apaleado o estrangulado, pero es casi seguro que lo arrastraron a su cocina después del hecho. Los investigadores se quejaron de que estaba demasiado sucia para encontrar pistas.

“El problema es que todo el mundo quería matar a Sansa, todo el mundo puede ser el asesino”, dijo Carles Porta, el periodista que está detrás de los proyectos de Tor. Se enamoró de A sangre fría de Truman Capote cuando era un joven reportero y dijo que encontró su Holcomb, Kansas, en “medio de la nada” en Cataluña. Al principio, se pasaba ahí las vacaciones de verano con su esposa y sus hijos, que no estaban tan emocionados, mientras investigaba. “Probablemente empecé las historias de crímenes reales en España con Tor”, dijo.

Ahora, el rostro y las letras de Porta adornan las paredes del Hostal Montaña, en Alins, el municipio al que pertenece Tor, al pie de la montaña. Una cita del libro de Porta Tor, La montaña maldita figura en una botella de Ratafía, su licor local favorito. “Todos los fuegos, cuando empiezan, son pequeños”, reza.

El pueblo solo tiene 13 habitantes
Los aficionados a las historias de crímenes reales han puesto a Tor en el mapa turístico y han aportado ingresos a algunos negocios locales, pero a costa de la paz y la tranquilidad

Merce Turallols, de 38 años, quien trabaja en el Hostal Montaña, el hotel de su familia en Tor, tenía 8 años cuando se encontró el cuerpo de Sansa. Recordaba que la policía parecía más interesada en la comida que servía su tía, Tomàs, conocida por los aficionados de Tor como Pili, que en resolver el crimen.

Turallols reconoció que el “turismo de historias de crímenes reales” había ayudado al hotel familiar, pero dijo que los habitantes del pueblo ya no podían soportarlo más. En la temporada alta de los aficionados a las historias de crímenes reales del verano pasado, dijo, ni siquiera había dónde estacionarse, y los excéntricos se apoderaron de todo. “Un friki llegó con una cuerda atada al cuello”, dijo.

Ahora que el verano ha terminado, los turistas, al menos, han desaparecido.

“Bienvenido a Tor”, dijo hace poco Antonio Zamorano, un guía turístico local de 38 años, mientras su jeep dejaba pasar a un coche sospechoso con matrícula extranjera y una rueda ponchada en la estrecha carretera de montaña. Dijo que la carretera fronteriza sin vigilancia, rodeada de pinos y de hayas que se vuelven amarillos y rojos, era una vía de contrabando. También señaló hierbas que los lugareños creen que ponen fin a los embarazos no deseados, caballos que serían descuartizados para obtener carne y sombríos lugares de referencia.

“Este es el lugar donde arrastraron el cuerpo”, dijo en lo que era el patio de Sansa. “En esta casa se suicidó un jipi”, dijo más arriba por la carretera, y con eso aumentó el número de muertos del pueblo. Una quinta muerte, por una misteriosa caída, “está aquí a la izquierda”.

Más arriba del pueblo, señaló un Citroën Saxo azul abandonado por contrabandistas en medio de un campo. Junto a un peñasco etiquetado como “Montaña privada de Tor”, ofreció diversas teorías sobre el asesinato de Sansa, calificó una ladera helada de campo de entrenamiento para terroristas españoles y miró con profundo agradecimiento las vacas y el campo embarrado que le rodeaban. “Setas mágicas”, dijo.

Ahora que el verano ha terminado, el turismo disminuyó, aunque los lugareños dijeron que aumentó el contrabando
Un Citroën Saxo azul abandonado por contrabandistas en medio de un campo

De vuelta en el pueblo, Tomàs cocinó sopas y carnes locales para un comedor abarrotado en su restaurante, que está en su casa. Los empresarios de Andorra que ocupaban una mesa desempolvaban botellas de vino y Ratafía junto a la chimenea rugiente.

Joan Clotet, de 60 años, un ejecutivo de la estación de esquí que había hecho negocios con Sansa, dijo que Tor había perdido una gran oportunidad porque los lugareños nunca se ponían de acuerdo. Cualquier esperanza persistente de una estación de esquí había desaparecido, dijo, “a causa del asesinato”.

Pero el asesinato había generado al menos una industria artesanal para Porta, quien se encuentra en Barcelona rodando para Disney otra investigación de crímenes reales sobre niños abandonados.

Dijo que, tras años de que cajeros y taxistas le preguntaran: “¿Quién mató a Sansa?”, pensaba que las nuevas pistas apuntaban a un asesino a sueldo que, según dijo, “vivía en Miami”. Tenía la intención de hacer más viajes de reportería allí para lo que pensaba que podría ser una serie de ficción o incluso una película.

“Es infinito”, dijo Porta. A la pregunta de si su esposa al menos apreciaría más los viajes de verano a Florida que a Tor, dijo que se habían separado hacía más de una década. “Estaba harta de mí”.

Joana Montaña, 77 años, propietaria del Hostal Montaña de Alins, municipio al que pertenece Tor
Un libro de Carles Porta, el periodista que ha escrito sobre Tor, dedicado a Montaña y a su familia

En Tor, los lugareños también están un poco hartos de los proyectos de Porta. Tomàs le preguntó si podría donar parte de sus ganancias al pueblo para que este pudiera tener una torre de telefonía móvil.

Dijo que renunciaría con gusto al aumento exponencial de clientes, e incluso a las ganancias que obtiene con sus propias mercancías de Tor, por regresar a la normalidad. Aunque eso no ocurriría hasta que Porta encontrara al asesino, dijo, porque “la gente necesita un desenlace”.

Pero mientras se alejaba de la casa de piedra de Sansa, entre perros empapados y dormidos, dijo que el crimen nunca se resolvería. En cuanto al asesino de Sansa, dijo, solo estaba segura de una cosa.

“¡No soy yo!”.